domingo, 9 de septiembre de 2012

Tyler Hamilton, el dopaje y su carrera secreta


El ex ciclista norteamericano Tyler Hamilton ha publicado esta semana su autobiografía, The secret race (escrita junto a Daniel Coyle), en la que detalla las prácticas dopantes que utlizó durante prácticamente toda su carrera. Hamilton fue uno de los mejores corredores de la pasada década. Gregario de Lance Armstrong en 1999 y 2000, fue campeón olímpico contrarreloj en Atenas 2004, ganador de la Lieja-Bastogne-Lieja en 2003, de la Dauphiné 2000, dos veces del Tour de Romandia (2003 y 2004), segundo en el Giro 2004 y cuarto en el Tour 2003.

En 2004, Hamilton dio positivo por una transfusión de sangre y acabaría siendo sancionado con dos años de suspensión. También se vio involucrado en 2006 en la llamada Operación Puerto. Regresaría en 2007 a la competición en un equipo menor. Se retiró en 2009 tras volver a dar positivo en otro control antidopaje.

El ex ciclista negó siempre categóricamente su relación con el dopaje desde sus positivos de 2004 (dio también positivo en un primer test en los Juegos de Atenas, pero no se pudo realizar el contranálisis) hasta que, en 2010, fue citado a declarar por las autoridades de su país y decidió confesar. Desde ese momento, se convirtió en uno de los principales testimonios de las acusaciones de dopaje contra Lance Armstrong y concedió varias entrevistas a los medios sobre estas cuestiones.

El libro publicado ahora explica cómo se dopó desde 1997 y se une al también aparecido este año del todavía corredor en activo David Millar, en el que el escocés explicaba sus relaciones con el dopaje. No obstante, Hamilton es bastante más minucioso y dibuja un panorama lleno de EPO, testosterona, bolsas de sangre y otros productos que, según él, fueron usados en aquellos años de manera más o menos amplia por el pelotón.

Hay que apuntar, sin embargo, que la mayoría de personas citadas por Hamilton en esta obra (directores, médicos, compañeros) han negado o puesto en entredicho el testimonio del norteamericano.

Hamilton explica que en 1996, cuando fue a correr a Europa con su equipo Postal, se sorprendió del rendimiento del pelotón. “Los rivales eran increíblemente fuertes. Desafiaban las leyes de la física y del ciclismo”, recuerda. “Yo era novato pero no idiota. Sabía que algunos corredores se dopaban. Y ya había oído hablar de la EPO”.

El ex corredor sitúa el inicio de su relación con el dopaje en 1997. El norteamericano detalla que fue aquel  año cuando vio por primera vez “bolsas blancas” en su equipo para algunos de sus compañeros y empezó a plantearse doparse. “Parece haber un patrón; la mayoría de los que nos dopamos comenzamos durante nuestro tercer año”. Hamilton argumenta que tomó la decisión al comprobar cómo funcionaba el sistema y reflexiona sobre ello: “De alguna manera, es deprimente. Pero, por otra, pienso que es humano. Mil días recibiendo señales de que el dopaje es ok, señales de gente poderosa a la que admiras y en la que confías, señales que dicen Estarás bien y Todo el mundo lo está haciendo”.

“Y, por encima de todo, el miedo a que si no encuentras una manera de ser más rápido, tu carrera está acabada”, explica el ex ciclista, para quien no era posible competir a ese nivel en el que, según dice, parecía haber “100 Bjarne Riis” en el pelotón.

El autor asegura que su primer contacto con el dopaje fue antes del Trofeo Luis Puig, en Valencia, cuando afirma que el médico Pedro Celaya le dio testosterona. Posteriormente, también se introdujo en el mundo de la EPO.

Hamilton asevera que era el equipo, a través de los doctores, quien suministraba EPO (por aquel entonces todavía indetectable) a los ciclistas. En el Tour de 1997, comenta que “Postal trajo muchas bolsas blancas, y estoy seguro de que no fuimos los únicos”.

El ex ciclista recuerda 1998 como el año del regreso de Lance Armstrong al equipo, tras superar un cáncer. Asegura que se hicieron amigos, compañeros de habitación y que compartieron confidencias sobre la EPO y otros productos dopantes.  Y, cómo no, como el año del Caso Festina. Antes de comenzar el Tour de ese año, en el que participaba Hamilton, la policía detuvo al masajista del equipo Festina con un arsenal de productos dopantes, en especial de EPO, “probablemente no muy diferente a lo que Postal u otros muchos equipos llevaron a la carrera”. Se produjeron detenciones y registros. “Mientras tanto, los equipos estaban tirando por el retrete miles de dólares en productos farmacéuticos”, explica Hamilton. Debido a esta situación, asegura que tuvieron que correr el Tour “paniagua”. Hamilton señala que otra de las consecuencias del caso fue que, a partir de entonces, “los equipos no iban a poder seguir proporcionándonos EPO”.

En 1999, hubo cambios importantes en su equipo. Se incorporó Johan Bruyneel como director, ficharon a corredores como Vaughters, Livingstone o Vandevelde y, según Hamilton, Celaya fue remplazado por otro médico español, Luis García del Moral. Además, conoció al doctor italiano Michele Ferrari, quien, asegura, trataba a Armstrong. También fue un año en que tenían que buscar EPO por su cuenta. En este punto, el ex ciclista cuenta un episodio que, según él, sucedió en casa de Armstrong, cuando le pidió a éste algo de EPO (la llamaban Edgar o Poe, por Edgar Allan Poe). “Hey, tío, ¿tienes algo de Poe que pueda coger? Lance apuntó al friogrífico. Lo abrí y allí, junto a un envase de leche, había EPO”, comenta. También afirma que consiguió EPO en la clínica de García del Moral en Valencia.

Hamilton, durante su etapa en el Postal

Pero más curioso fue el método que, según él, utilizaron en el Tour de 1999 (el primero que ganó Armstrong). Siempre según Hamilton, un hombre francés apodado Motoman siguió el Tour en una moto llevando EPO para él, Armstrong y Livingstone.

En este momento de la obra, Hamilton lanza una interesante pregunta: “¿Era posible ganar una carrera limpio durante aquel periodo? Depende de la carrera. Para las más cortas, incluidas las de una semana, la respuesta es sí. Pero, una vez superas la semana, se vuelve imposible para los corredores limpios competir con los que usan Edgar”.

El año 2000 fue el de su victoria en Dauphiné (incluida una etapa en el temible Mont Ventoux). Pero Hamilton recuerda esta carrera también por otro motivo. Según afirma, “la última noche de la Dauphiné, Lance y Johan vinieron a mi habitación. Me dijeron que dos días después de la carrera íbamos a volar a Valencia para hacernos una transfusión de sangre”. La razón, como explica el autor, es que había rumores de la aparición de un sistema de detección de EPO que iba a usarse en los Juegos de Sidney y que también podría utilizarse en el Tour. El ex ciclista asegura que así lo hicieron y que utilizaron esa sangre en el Tour de Francia. En este punto, dedica una curiosa frase a Johan Bruyneel: “Cada vez que veo a los agradables gangsters de Los Soprano, pienso en Johan”.

En 2001, tanto Armstrong como él se fueron a vivir a Girona. “Todos sabíamos que los españoles eran menos estrictos con el dopaje; sin policías irrumpiendo en habitaciones de hotel, sin periodistas revolviendo mierda (dumpster-diving es la expresión que utiliza)”.

Aquel año se endurecieron los controles, que desde entonces se pudieron realizar fuera de competición. Los ciclistas tenían que estar permanentemente localizados pero, según Hamilton, eso no era demasiado problema. “Los controles eran muy fáciles de superar. Si eras cuidadoso y ponías atención, podías doparte y estar seguro al 99% de que no serías cazado”, asegura. También explica los diferentes métodos que utilizaba para burlar los tests y, sobre todo, el nuevo sistema de detección de EPO. Según cuenta, a partir de ese momento se administraría microdosis directamente en vena para disminuir el periodo de detección.

En este punto, el ex ciclista se refiere a un hecho que nunca ha sido demostrado. Hamilton asegura que Lance Armstrong dio positivo por EPO en la Vuelta a Suiza de aquel año. “Lo sé porque él me lo dijo”, aclara, y recuerda que su compañero no parecía estar muy preocupado por la cuestión.

Al año siguiente, abandonaría el Postal y ficharía por el CSC, dirigido por Bjarne Riis. Según Hamilton, en una de sus primeras conversaciones Riis le habló de las transfusiones de sangre (no le dijo que ya las había probado en el Postal) y le facilitó el contacto del médico español Eufemiano Fuentes. “Bjarne me dio el número de teléfono del hombre que dirigiría mi vida durante los siguientes años: el doctor Eufemiano Fuentes”, señala. Así, Hamilton comenzó a trabajar con este médico, quien, según su versión, le haría transfusiones de sangre y le facilitaría otros productos. En el Giro de aquel año (quedó segundo), apunta que utilizó dos bolsas de sangre (que, de acuerdo con su testimonio, se extraían semanas antes en Madrid) y también dice haberse realizado transfusiones en los días de descanso del Tour. Asegura que era el propio Fuentes quien se trasladaba a las carreras para hacérselas. También empezó a trabajar en este periodo con el doctor italiano Luigi Cecchini, a quien desvincula del dopaje.

2003 fue el gran año de Hamilton. Con la ayuda de transfusiones y otros productos, ganó la Lieja-Bastogne-Lieja, el Tour de Romandia y quedó cuarto en el Tour, aunque siempre se le recordará por haber corrido gran parte de esta competición con la clavícula rota y por una espectacular victoria en solitario tras una fuga de 100 kilómetros.

Todo parecía irle bien. En 2004, ya en el equipo Phonak, arrasó en la subida al Mont Ventoux de la Dauphiné y se perfilaba como uno de los favoritos a ganar el Tour. No pudo ser. Una caída brutal en la primera semana de la ronda gala le lastimó la espalda y acabó retirándose. Sin embargo, semanas después conseguiría el oro olímpico en Atenas.



Fue en la Vuelta a España de aquel año cuando se produjo el positivo por transfusión homóloga, de otra persona (las autólogas aún siguen siendo indetectables a día de hoy). Era el primer corredor en hacerlo por este motivo ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo pudo llegar sangre de otra persona a su organismo? Hamilton lo desconoce, aunque en el libro se deslizan algunas hipótesis.

A partir de aquí, defendió tajantemente su inocencia y se embarcó en una cruzada por su defensa, alegando defectos en los controles y teorías de cómo pudo dar positivo. Confiesa que hasta se creyó su versión. “Aprendí que si repites algo lo suficiente, empiezas a creértelo. Incluso me sometí a un detector de mentiras para defender mi inocencia y lo superé”. Tampoco reconoció haberse dopado en 2006, cuando estalló la Operación Puerto y se publicaron documentos con su plan de tratamiento. Finalmente, fue sancionado con dos años de suspensión.

Hamilton volvería a la competición desde 2007 enrolado en equipos menores y más o menos vetado por las grandes competiciones. Tendría otro positivo por una sustancia que formaba parte de un antidepresivo que tomaba, según explicó. No sería hasta 2010, cuando fue llamado a declarar por las autoridades norteamericanas, cuando empezó a contar este tipo de cosas.

Tras la lectura del libro, llama la atención el escaso arrepentimiento que parece reconocer el corredor norteamericano tras confesar todo este pasado de dopaje. Culpa al sistema, a “las reglas del juego” y da a entender que estas prácticas eran más o menos comunes en el ciclismo de aquellos años.

También hay que recordar de nuevo que la mayoría de personas a las que implica Hamilton en este tipo de actuaciones han desmentido al ex ciclista.

Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Fuente: The secret race, por Tyler Hamilton y Daniel Coyle (Bantam, 2012)

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